El momento estratégico de España
| Índice de Artículos |
|---|
| El momento estratégico de España |
| La OTAN ya no es lo que era |
| España rendida |
| Qué queremos ser |
| Todas las páginas |
España se enfrenta ante su hora de la verdad. Haga lo que haga o deje de hacer, sus acciones o inacciones tendrán consecuencias que se sentirán durante años. Nos encontramos en una auténtica encrucijada histórica, uno de esos raros momentos donde la confluencia de factores externos y fuerzas internas colocan a un país ante la tesitura de tener que elegir su destino. Si nos equivocamos al evaluar el mundo que nos rodea, definimos mal nuestros intereses como nación y calculamos erróneamente los medios con los que hacernos valer en la esfera internacional, pagaremos nuestros errores con graves consecuencias. Si, por el contrario, sabemos aprovechar esta especial coyuntura y planteamos con seriedad y rigor qué papel queremos que juegue España entre las naciones y qué medios son necesarios para cumplir nuestra ambición nacional, estaremos contribuyendo a un futuro mejor, para nosotros y para nuestros socios y aliados.
Por Rafael L. Bardají
Dicho de otra manera, la España del 2012 debe elegir entre continuar como hasta ahora, en un acelerado declive en el que hemos ido perdiendo soberanía, dignidad, autonomía, riqueza y seguridad o, por el contrario, intentar retomar la senda de la responsabilidad, la seriedad y ser un país que cuenta en los asuntos mundiales. Tenemos que elegir entre no ser nadie o pertenecer al club de los que deciden. Desgraciadamente no hay punto intermedio esta vez.
La elección no es fácil, pero no elegir no es ya una opción. Si no lo hacemos por miedo, falta de imaginación, incoherencias o por una opción ideológica, otros lo harán por nosotros
Eso es lo malo de los momentos estratégicos, que hay fuerzas externas a los gobiernos que no se pueden controlar. Podemos montarnos en una ola o luchar inútilmente contra ella, pero no podemos ni cambiar su sentido ni hacerla desaparecer.
Nos guste o no estamos obligados, por primera vez en décadas, a tomar nuestro destinos en nuestras propias manos.
España sola
España desde la época de Franco ha hecho outsourcing de su seguridad. Carente de una percepción de amenaza externa, la seguridad española se vinculó a la de los Estados Unidos a través de los pactos de 1953 y, años más tarde, una vez consolidada la democracia, a través de las instituciones multilaterales de seguridad y defensa. Primero la OTAN y, luego, a medida que desarrollaba una ambición militar, de la Unión Europea.
Es más, nuestro país, carente de un pensamiento estratégico propio, nunca ha sabido o podido desarrollar una estrategia nacional más allá de la política de “estar”. Nuestro diseño histórico se reducía a pertenecer al club, fuera el que fuera, independientemente de saber qué queríamos hacer dentro de ese círculo.
Pues bien, esta constante histórica que, como digo, arranca bajo Franco y se consolida en la democracia, ha llegado a su límite. Aquellos en los que confiamos buena parte de nuestro entramado de seguridad, han dejado de ser socios fiables; y las instituciones, como la OTAN, que nos otorgaban mayores y mejores capacidades de defensa gracias al esfuerzo colectivo, se han vuelto progresivamente irrelevantes.
En primer lugar, el principal garante de la estabilidad internacional y de nuestra propia seguridad, América, se encuentra inmerso en una fase de profunda introspección que sólo puede tender a agudizarse en los próximos meses de cara a las elecciones presidenciales de 2012 y que muy bien puede acabar en una etapa de recogimiento y distanciamiento del resto del mundo.
Es una tendencia que no es nueva para los Estados Unidos, que estaba arrumbada desde hace muchos años, pero que ha emergido con fuerza bajo la presidencia de Barack H. Obama. El sucesor de George W. Bush es una persona prisionera de su agenda doméstica, poco interesado en los asuntos internacionales y que, cuando se ve forzado a hacer cara a los problemas externos, lo hace con la actitud de alguien que no cree en sus propias fuerzas. Pese haber llegado a la Casa Blanca con el lema de “Yes, we can”, hoy por hoy se ha convertido en el presidente del “No, we can’t”. Un ejemplo reciente: en su discurso para explicar la extraña participación de su país en la campaña de bombardeos contra el coronel Gaddafi, Obama apeló a la buena voluntad de todos para salvar a Libia de un baño de sangre, pero justificó que Estados Unidos no se involucraría en un cambio de régimen, no porque lo considerara una injerencia inadmisible, no porque hubiera repudiado la política de su antecesor en el cargo, no porque hubiera denunciado en su día las acciones preventivas. No, nada de eso salió de su boca. Lo que dijo literalmente fue que “América no se lo puede permitir”.[2] Ante un a audiencia de militares, no apeló al sacrificio humano, al riesgo y al valor, no. Se refirió exclusivamente a que Libia era una intervención que no estaba dispuesto a pagar porque no le salían las cuentas.
Obama es, sin lugar a duda, un presidente que ha hecho suyo el declive americano. Puede incluso que ideológicamente esté más satisfecho como comandante en jefe de una superdeudencia que de una superpotencia. Pero no nos llevemos a engaño. Obama sólo es un elemento acelerados de una tendencia mucho más profunda. Por ejemplo, en los dos debates entre los candidatos republicanos mantenidos hasta la fecha, el último el pasado 12 de septiembre, los asuntos internacionales brillaron por su ausencia. Aún peor, los partidarios de la línea del Tea Party se mostraron entusiasta con los drásticos recortes en el presupuesto de defensa propuestos por Obama, porque prefieren gastar menos en compromisos militares y aventuras externas a tener que subir impuestos.[3]
Nos guste o no América se encuentra psicológicamente exhausta tras librar dos guerras simultáneamente, Irak y Afganistán y no haber vencido decisivamente en ninguna; se encuentra fatigada de una guerra contra el terrorismo que ni siquiera con la eliminación de Osama Bin Laden parece estar cerca de acabarse; y está angustiada por una situación económica depresiva de la que no se ve final.
En palabras del profesor de la John Hopkins University Michael Mandelbaum, América está condenada en el corto y medio plazo a ser una “superpotencia frugal”. Para él, a diferencia de lo que decía Paul Kennedy a finales de los ochenta -que América iría a la ruina presa de sus aventuras militares en el extranjero- América se verá forzada a reducir su liderazgo en el mundo no por el coste de sus guerras, relativamente bajo en términos históricos, sino por la acumulación de su deuda nacional y por el creciente coste de las partidas presupuestarias destinadas a los programas de seguridad social y sanidad, eso que se conoce en los Estados Unidos como entitlements. Según Mandelbaum: Obligaciones domésticas exorbitantes reducirán la política exterior de América a partir de la segunda década de este siglo. Como los Estados Unidos tendrán que gastar mucho más de lo que han venido haciendo en sus obligaciones en casa- sobre todo por el cuidado de sus mayores- podrá gastar menos que en el pasado en politica exterior. Y como gastará menos, podrá hacer también menos.[4]
El hecho de que el mismo Mandelbaum escribiera hace tan sólo unos pocos años una defensa ardiente del papel de América en el mundo,
[5] pone de relieve lo acelerado que puede ser el cambio de status de una nación.
Es verdad que hay algunos que todavía defienden que Estados Unidos no tiene parangón en el mundo, ni competidor que se le equipare, pero la verdad es que el debate más común hoy en Washington comprende a quienes creen que el declive de su país llevará algún tiempo y aquellos que lo ven como algo mucho más inmediato. Así por ejemplo, el ácido comentarista canadiense Mark steyn escribe en su último libro: “No estamos encarando “el declive”. Estamos ya en él. Lo que viene ahora es “la caída”, rápida, vertiginosa, desde el precipicio. Y básicamente porque la indulgencia del gasto de Obama ha hecho que lo que era vago y distante se haya vuelto explícito e inmediato”. [6] Hay quien se pregunta seriamente como John Kitchen, funcionario del Tesoro, y Menzie Chinn, profesor de la Universidad de Wisconsin si hay dinero en el mundo capaz de cubrir la deuda americana.
América está en retirada. De Iraq, de Afganistán, de Europa, del Oriente Medio y no hay nada en el horizonte político, económico o estratégico, que permita pensar que su recogimiento va a ser una corta enfermedad. Que se haya quedado sin poder poner a un astronauta en órbita tras la retirada del último transbordador operativo, el Atlantis o que Burger King haya sido comprado por un grupo empresarial brasileño son otras manifestaciones de debilidad.
Para un país como el nuestro, España, que siempre se ha vuelto sobre América cual hermano mayor o primo de zumosol, el retraimiento estadounidense tiene tintes dramáticos. ¿A quién hubiéramos recurrido cuando Perejil si ya no hubiera Estados Unidos ahí para ayudarnos? En Europa y en Iberoamérica hemos sido más tenidos en cuenta cuando se nos percibía en sintonía y en estrecha colaboración con Norteamérica. Nuestra políticas regionales y sectoriales siempre se han visto potenciadas si estaban concertadas previamente con Washington. América ha tirado de España, como nación, siempre para arriba.
Todo eso se ha acabado. Salvo que limitemos el daño rápidamente, de manera inteligente.
En segundo lugar, la organización de seguridad por excelencia, la Alianza Atlántica, ha perdido gran parte de su sentido estratégico, buenas dosis de la solidaridad aliada y muchas de sus capacidades operacionales. Desde el final de la Guerra Fría y la consiguiente desaparición de su enemigo existencial, la URSS, la OTAN ha permanecido en una permanente búsqueda de identidad. Pero mientras que sus declaraciones y conceptos estratégicos resultaban cada vez más ambiciosos, llevando a borrar los límites de su actuación impuestos por su tratado constitutivo o a asumir nuevas misiones y definir nuevos enemigos, por ejemplo, los medios puestos a su disposición para poder cumplir sus objetivos eran cada vez menos.
Tal vez la vez que la disparidad de capacidades militares entre los aliados quedó patente fue con la intervención en Afganistán tras los ataques del 11-S. A pesar de su empeño, la OTAN fue marginada en la respuesta antiterrorista simplemente porque no disponía de la capacidad de acompañar a los americanos en su campaña contra Al Qaeda y los talibán. Demasiado lejos, demasiado moderna. No es de extrañar que el fino comentarista del Washington Post, Charles Krauthammer publicara una columna por aquel entonces bajo el título “La OTAN ha muerto, larga vida a la OTAN” donde decía cosas como la OTAN ha muerto en Afganistán, pero no por una derrota como la Unión soviética, sino por la fulgurante y aplastante victoria de las tropas americanas. Victoria que ha puesto de relieve la hegemonía militar norteamericana y la consiguiente irrelevancia militar europea”.[7]
10 años después, por desgracia, no se puede decir que la OTAN haya sido capaz de resolver sus problemas internos. Más bien todo lo contrario. Cuando la celebración de su 50 aniversario, en 1999, la OTAN abrió su cumbre en Washington a la vez que iniciaba una campaña aérea sobre Kosovo. La mejor expresión de su nuevo concepto estratégico que llamaba a ese tipo de misiones de apoyo a la paz y operaciones expedicionarias, según el argot del momento. Con motivo de su más reciente 60 aniversario, en 2009, la OTAN se encontraba de nuevo inmersa en otra guerra, esta vez en Afganistán y las perspectivas no eran nada buenas: fuertes disensiones internas sobre el grado de compromiso de unos y otros con las operaciones de combate; agrias discusiones sobre las tareas que las tropas de la OTAN debía o no debían realizar; y una falta permanente de recursos, como helicópteros de apoyo.
En febrero de 2010, el entonces secretario de defensa norteamericano, Robert Gates, ya advertía de los riesgos de una OTAN con grandes disparidades militares y con divergentes voluntades para entrar en combate. En el mismo lugar que su presidente diría meses más tarde que América no se lo podía permitir, Gates afirmaba entonces que “la desmilitarización de Europa, donde una gran parte de la población y de la clase política tiene aversión al uso de la fuerza y a los riesgos que conlleva, ha pasado de ser una bendición en el Siglo XX a un impedimento para alcanzar una seguridad real y una paz duradera en el siglo XXI”. Y añadía, “las deficiencias resultantes en inversiones y en capacidades hace muy complicado poder operar y luchar juntos para enfrentarse a amenazas que todos compartimos”.[8]
La situación en Afganistán no dejaba de deteriorarse y una guerra que se había dado por ganada amenazaba con convertirse en una lamentable derrota. Los americanos fueron a echar a los talibanes, los aliados europeos a afianzar a Karzai y ninguna de las dos cosas estaban aseguradas. El espectro que recorría los pasillos del cuartel general de la Alianza en Bruselas era el espíritu de una URSS derrotada en 1989 y el destino que el suelo afgano parecía imponer a toda gran potencia que se aventuraba en él.
La intervención en Libia ha puesto aún más de relieve los múltiples problemas que aquejan a la Alianza. En términos de capacidades, políticos y de visión estratégica. Una guerra que se inicia por el acuerdo de dos de sus miembros, Francia y el Reino Unido, en la que ambos, pero sobre todo Francia, deciden marginar voluntariamente a la OTAN a la que no permite acción alguna durante días, justo el lapso de tiempo donde se pudo comprobar que sin los americanos, el control del espacio aéreo era imposible y que, incluso con sus misiles de crucero, Gaddafi no se rendía. El arranque de la intervención provocó fuertes divisiones entre los aliados: Alemania no apoyó la acción militar y sólo 8 de los 28 miembros han contribuido –y de manera muy desigual- a las operaciones militares. De hecho sólo 5 han conducido misiones de ataque a tierra. Igualmente, la ausencia de una rápida victoria (tal y como pasó, dicho sea de paso, con Milosevic en 1999) agudizó aún más si cabe las diferencias sobre cuáles debían ser los objetivos de la misión y la mejor forma para alcanzarlos. Desesperada ante una campaña que se ha prolongado durante meses y no días como se pensaba, los miembros de la Alianza se han saltado todo su respeto a las resoluciones de la ONU que dieron cobertura inicial para sus acciones, así como varios de los compromisos que fueron adquiriendo entre ellos a lo largo de los meses. Sobre todo en lo tocante a los objetivos a batir y a la entrega de armas a los rebeldes.
Por si fuera poco, la campaña de Libia ha dejado patente las carencias militares de los europeos. Cortos de munición, suministrada en parte por los americanos, escasos de helicópteros de ataque, faltos de portaaviones (Inglaterra acababa de decomisionar el Ark Royal y Francia se vio forzada a retirar al Charles de Gaulle por una avería en sus motores) y sin medios de inteligencia suficientes. Ese es el terrible cuadro de las fuerzas de la OTAN, la maquinaria militar más poderosa de la Historia, como suele venderse.
No es de extrañar, pues, el rapapolvo que Robert Gates les echó a los aliados europeos en su discurso de despedida como Secretario de Defensa americano. En junio, en Bruselas, afirmó, en la estela de su discurso un año antes: “En la operación de la OTAN sobre Libia ha quedado dolorosamente claro que deficiencias en capacidades y voluntad tienen el potencial de poner en peligro la habilidad de la Alianza de conducir una campaña aérea integrada, efectiva y duradera.” Y añadía, “en el pasado he mostrado mi preocupación de que la OTAN se convirtiera en una organización de dos niveles. Los miembros que realizan misiones humanitarias, “soft”, y los que conducen las misiones duras de combate; los miembros que están dispuestos y son capaces de pagar el recio y asumir la responsabilidad de los compromisos de la Alianza y aquellos que se benefician de la pertenencia a la OTAN pero no quieren compartir ni los riesgos ni los costes. Esta situación ya no es una preocupación hipotética. Estamos en ella ya.”[9]
A la polarización provocada por Francia y Alemania con motivo de la guerra de Irak en 2003, se ha sumado la impotencia para estabilizar Afganistán, la inacción frente a la invasión rusa de Georgia en 2008 y, ahora, la incoherencia e ineficacia para poner fin a la intervención contra Gaddafi.
- 28/02/2012 21:51 - El día después de Assad
- 29/01/2012 13:24 - La Shoá: entre el silencio y la sobreexplotación
- 15/01/2012 21:32 - Oriente Medio. El otoño turco
- 16/12/2011 19:01 - Antisemitismo “aceptable” vs. antisemitismo “inaceptable”
- 20/11/2011 13:33 - "En el conflicto israelí-palestino ambos lados tienen razón
Copyright 2009 INFOMEDIO | Todos los derechos reservados
Prometeo Design












