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Claroscuros de la Unión Europea: de Grecia a Israel

Jueves 08 de Abril de 2010 14:53 Imprimir Correo electrónico
Índice de Artículos
Claroscuros de la Unión Europea: de Grecia a Israel
Relaciones Israel – UE: una política de contrastes
Israel y la Unión por el Mediterráneo
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La falta de unidad se vislumbra tanto en las relaciones internas como la política exterior: a la UE le cuesta hablar con una sola voz a pesar de sus repetidos intentos.

Un artículo de opinión de Shlomo Avineri, publicado el 1 de abril en Haaretz, ha llamado especialmente mi atención. El artículo, titulado “Where's the solidarity?”, analiza la crisis acaecida en Grecia en torno al euro y sus repercusiones en el conjunto de la Unión Europea. Avineri constata que el principio de solidaridad no se ha aplicado en este caso y que le resulta a veces más fácil a la Unión intentar solucionar los problemas de otros que poner orden en su propia casa.



Por Roy Pascal (*)
Especial para Infomedio

(*) Pascal Roy es periodista, licenciado en derecho mercantil por la Universidad de Lille (F) y en periodismo por la Universidad de Gante (B). Colabora en Radio Sefarad y trabaja actualmente en el centro de prensa de la Presidencia española de la UE. Es director de un documental sobre los primeros años del Hashomer Hatzair en México, a punto de estrenar.


Una ayuda a Grecia poco solidaria


En efecto, Grecia tiene un déficit del 12,7% de su PIB, muy superior a la media de la UE, en torno a 6,6%, y muy por encima del límite establecido por el pacto de estabilidad, que permitió precisamente la entrada en vigor del euro: el 3%. Dado que la situación económica de Grecia presentaba un riesgo para el conjunto de la Unión Europea, ésta tenía que reaccionar, y en vez de hacerlo de forma unida, como apunta Avineri, lo hizo de forma desordenada y poco solidaria. Según el acuerdo alcanzado, si corre peligro la estabilidad financiera de la zona euro, los países miembros están dispuestos a prestar, sobre una base voluntaria, dinero de forma bilateral a Grecia, conforme a su aportación al capital del Banco Central Europeo. Este sistema de préstamos bilaterales se complementa con una ayuda "sustantiva" del Fondo Monetario Internacional (FMI).


Es decir, nada de la ayuda solidaria que se podría esperar de una Europa unida. La fórmula responde a las exigencias de la jefa del Gobierno alemán, Angela Merkel, que cuenta con el respaldo de su opinión pública, hostil a cargar con la crisis de las finanzas griegas. La intervención del FMI sería una primicia en la historia de la Eurozona, creada en 1999, puesto que nunca ha participado en el rescate de un miembro del espacio monetario único.

Además, Merkel había dejado claro en los días previos que cualquier acuerdo para Grecia debería ir acompañado de un compromiso para reforzar las medidas contra los países considerados laxistas, con sanciones incluidas, como una eventual expulsión de la zona euro. Estas reticencias por parte de Alemania tienen mucho que ver con un sentimiento de desconfianza hacia los países del Mediterráneo, vistos como derrochadores e irresponsables por muchos ciudadanos del norte de Europa. El hecho de que Portugal y España compartan gran parte de los síntomas de Grecia refuerza esta visión.

El tratado de Lisboa evidencia la falta de unidad de los Veintisiete

La decisión de “ayudar” a Grecia de esta manera tan poco solidaria es una señal de debilidad, una más, que evidencia que en tiempos de crisis, los intereses nacionales prevalecen. Así, la idea de una nación europea unida queda lejos de la realidad y en este sentido, la entrada en vigor del Tratado de Lisboa, el 1 de diciembre de 2009, no invita a mayor optimismo. El proceso de ratificación de este tratado, largo y dificultoso, mostró la falta de unidad de los Veintisiete.

Además, las personalidades escogidas para ocupar los puestos de Presidente del Consejo de la UE y de Alta Representante para Asuntos Exteriores no fueron el británico Tony Blair ni el sueco Carl Bildt, sino Herman Van Rompuy y Catherine Ashton, personas poco carismáticas y de muy bajo perfil. Y mientras que el tratado de Lisboa tenía el propósito de dar más visibilidad al proyecto europeo, la Unión Europea se presenta ahora con tres presidentes: un presidente permanente del Consejo (Van Rompuy), un presidente de la Comisión (Durão Barroso) y una presidencia de turno y semestral (que España asume hasta el 30 de junio antes de pasar el relevo a Bélgica).