La guerra fría de Al Qaeda
Para evitar tragedias urge que pensemos en algo más que en descabezar a la hidra
Sostiene uno de los cerebros grises de la arquitectura de seguridad nacional estadounidense, Frank Cilluffo, que mientras Bin Laden exhibía su poder al empuñar de forma teatral un kalashnikov, sus fanáticos vástagos hacen las mayores demostraciones de fuerza acariciando con sigilo las teclas de un portátil.
Pero lo alarmante en la dinámica de la yihad, seis años después de su plusmarca criminal en Europa, no es tanto la adicción de sus prebostes a las nuevas tecnologías cuanto la paciencia estratégica que están probando para agotar psicológicamente a Estados Unidos y sus aliados. Ya sentenció Ayman Al Zawahiri tras el 11-S que, a diferencia de Occidente, el salafismo armado no fija fechas cerradas para la consecución de objetivos cortoplacistas: un combate total emplearía a varias generaciones de islamistas. Y, en efecto, las elites políticas mundiales se equivocan si interpretan que la eficaz lucha contra estos entramados se sustancia en la contabilización matemática del número de combatientes capturados o en triunfos tácticos en frentes como Irak y Afganistán. La victoria posible y necesaria frente al movimiento yihadista global se alcanzará recuperando algunas enseñanzas que facilitaron el colapso del totalitarismo comunista. Ese triunfo pasa por asfixiar una ideología bárbara que moviliza y activa el terror; y por confiar en la superioridad moral de las democracias frente a tenebrosas utopías de desviado signo teocrático.
El que fuera director de la CIA en tiempos de Clinton, James Woolsey, pronosticó que, con la caída del Muro de Berlín, el vacío del dragón sería reemplazado por una jungla llena de serpientes. Para evitar tragedias futuras como las de Nueva York, Londres o Madrid urge que pensemos en algo más que en descabezar a la hidra; y que entendamos que, a diferencia de lo pregonado por la doctrina leninista, son los sistemas opresores y no los liberales los que albergan en su seno la semilla de su propia destrucción.
*Alfonso Merlos es periodista experto en Relaciones Internacionale
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