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El gran desafío de América latina

Lunes 25 de Octubre de 2010 23:15 Imprimir Correo electrónico

Una investigación prolija y seria, desnuda el mayor reto de nuestro continente. Fue elaborada durante años con viajes, reportajes, estadísticas, debates, confesiones, estudios comparativos, hasta llegar a objetivas conclusiones. Esta investigación es ofrecida en un libro que debería leerse y releerse con mucha atención, llamado ¡Basta de historias!. Su autor, Andrés Oppenheimer, asesta un golpe de luz.

Marcos Aguinis
Para LA NACION

Marcos Aguinis es Miembro del Consejo Asesor de Infomedio


En efecto, demuestra que se debe girar la mirada desde el pasado hacia el
futuro. Y el futuro, a partir de nuestro siglo, juega sus piezas decisivas
en el campo de la educación. Hace tiempo que insisto en la paradoja de que
la educación es "un tema cacareado pero marginal", tanto para argentinos
como para muchos latinoamericanos. Pero, por ejemplo, una serie de
economistas ya llegan a la convicción de que el crecimiento económico por
sí solo nunca va a erradicar la pobreza, a menos que marche acompañado por
una sustancial mejora en la calidad educativa. Tampoco habrá desarrollo ni
bienestar sin este ingrediente. Tanto se ha devaluado la educación que
suele ser un tema aburrido, limitado a consignas inoperantes o
reivindicaciones de bajo vuelo. No se tiene conciencia de que es el motor
esencial del progreso. Ni se sabe cómo hacerlo rendir.

Los contrastes de América latina con Singapur, China, la India, Israel,
Corea del Sur y otros países de crecimiento acelerado son abismales. La
mayoría de esos países estaban al final de la cola y en pocas décadas,
mediante la revolución educativa, alcanzaron y sobrepasaron a los demás.
Son ejemplos que marean. Una pintura ecuánime sobre éxitos y fracasos,
experimentos y consistencias, funciona como un catálogo del que pueden
obtenerse conocimiento e inspiración. América latina va quedándose muy
atrás. Algunos países como Chile, Brasil, Colombia y Uruguay empezaron a
dar pasos importantes. Pero no suficientes. La Argentina es la muestra más
dolorosa, porque revela una monstruosa degradación desde la cúspide que
había alcanzado en la primera mitad del siglo XX. Y los más atrasados son
ahora Venezuela, Bolivia y Nicaragua. Algunos, como México, sufren el
bloqueo de un sindicalismo enorme y fósil.

 

Oppenheimer reivindica el impulso que en esta materia genera la paranoia.
Bill Gates asegura que "lo mejor que le pasó a los Estados Unidos fue que,
en los años 80, todos creían que los japoneses nos iban a superar. Era una
idea estúpida, errónea, una tontería. Pero fue ese sentimiento de humildad
lo que hizo al país ponerse las pilas". En la Argentina, en cambio,
creemos que nuestro aplazo en los rankings internacionales se debe a
defectos de los rankings. Confundimos calidad educativa con buenos
edificios o un trato amistoso de los docentes, más algunos pobres ajustes
en los salarios.

En contraste con los países que se han instalado a la cabeza del mundo, en
las universidades latinoamericanas predominan las carreras humanísticas
con poca salida laboral y divorciadas de la explosión científica y
económica del siglo XXI. Es un atraso cultural que debería ser revertido.
Para sólo dar un ejemplo, en China ingresan cada año en la universidad un
millón doscientos mil estudiantes a ingeniería y sólo unos pocos miles a
historia y filosofía. En la India ocurre lo mismo. América latina y Africa
comparten el estigma de ser las regiones del planeta con menos
investigación, desarrollo de nuevos productos y carencia de patentes. Sólo
el dos por ciento de la inversión mundial en investigación y desarrollo
tiene lugar en América latina. No hay suficientes incentivos económicos y
de prestigio para que profesores e investigadores se apliquen a concebir
nuevos productos, y esto genera el escándalo de las diferencias.

Oppenheimer ofrece cataratas de datos, imposibles de comprimir en un
artículo. Algunos son elocuentes y a ellos me limito. Aquí van.

En América latina tenemos las vacaciones más largas del mundo. En la
Argentina, a duras penas se quiere llegar a los 180 días de clase. En
Japón, el año escolar se extiende a 243 días; en Corea del Sur, a 220; en
Israel, a 216; en Holanda, a 200, y lo mismo en Tailandia. Además, ¡los
cumplen a rajatabla! En China, los niños estudian 12 horas por día, y no
mucho menos los niños de los demás países en pleno ascenso.

Otro factor que se destaca en el mundo desarrollado es que toda la familia
se involucra en los esfuerzos del estudiante, tanto para pagar sus gastos
como para brindarle apoyos de tutoría cuando flaquean en alguna materia.
No conciben quedarse al margen de esa responsabilidad. Ni pedir menos
exigencias. En esas sociedades se ha fortalecido un consenso sobre la
importancia ineludible de una eficaz educación. Los argentinos que tienen
el privilegio de contar con abuelos y bisabuelos que narran su infancia
pueden enterarse de que también en esta patria hubo décadas en que las
familias de todos los niveles se afanaban por brindar buena educación a
sus hijos: no sólo garantizaban su futuro, sino que lo elevaban en el
estatus social. Y convirtieron a la Argentina en un país pujante, al que
llegaban millones de inmigrantes esperanzados.

En cuanto al ayer, en las sociedades avanzadas lo estudian, por supuesto,
pero no lo convierten en el centro de las preocupaciones o de los debates.
En América latina circulan actitudes que pretenden volver a lo que ya no
existe. Un dirigente boliviano voceó el absurdo de que "¡nuestro futuro es
el pasado!". Los libros de texto en China comunista, inversamente,
enfatizan el crecimiento, la innovación y la temida globalización, no el
pasado. En los nuevos textos escolares de Shanghai la historia del
comunismo chino antes de las reformas capitalistas de 1978 se reduce a un
párrafo. Mao Tsé-tung es mencionado sólo una vez. Además, los
latinoamericanos ya tenemos suficientes pruebas sobre la utilización
distorsionada del pasado, que hace una buena cosecha gracias a la baja
cultura general. Chávez invoca las porciones de los discursos pronunciados
por Bolívar que les son favorables y excluye las que significarían una
condena. Bolívar, en su alocución de Angostura el 15 de febrero de 1819
-citado a menudo por el jefe populista-, afirmó algo que calla: "La
continuación de la autoridad en un mismo individuo frecuentemente ha sido
el término de los gobiernos democráticos? Nada es tan peligroso como dejar
permanecer largo tiempo a un mismo ciudadano en el poder. El pueblo se
acostumbra a obedecerle y él se acostumbra a mandarlo, de donde se origina
la usurpación y la tiranía". Pero Bolívar mismo luego se contradijo en los
hechos. Por esta razón conviene dejarlo descansar en paz.

Otra diferencia con los países exitosos en calidad educativa reside en la
ruptura del aislamiento. Los dos colosos asiáticos invitan a las
universidades más destacadas de Occidente para que abran sucursales en sus
territorios y compitan -¡sí, compitan!- con las locales. Los países
latinoamericanos manifiestan un miedo cerval a esa competencia y ponen
trabas de cualquier orden para impedirlo. China comunista, que hasta hace
unas décadas era un país cerrado, tiene más de mil programas de
intercambio universitario; ¡170 universidades extranjeras han radicado
sucursales en varias ciudades y extienden diplomas tan válidos como las
casas chinas! Esta internacionalización, además de incentivar el esfuerzo
para destacarse, tiene el objetivo de obtener una inserción más eficiente
en la economía global. En América latina, por el contrario, se desea
mantener el aislamiento académico, como un modo de ocultar los trapos
sucios y no afrontar las descalificaciones. Es notable la diferencia,
porque el contacto con el exterior se ha tornado obsesivo en las
sociedades de punta; una manifestación extrema la ofrece Singapur, donde
las escuelas primarias deben conseguir que un tercio de sus alumnos
realice por lo menos una visita guiada al extranjero.

Por otra parte, el aprendizaje del inglés tiene carácter obligatorio desde
el comienzo de la etapa escolar, y debe no sólo ser enseñado como idioma,
sino que en ese idioma se imparten varias materias, en especial las
técnicas. En la Argentina, el inglés no es obligatorio ni siquiera en la
universidad.

El grave problema de la inseguridad está ligado de modo profundo a la
ignorancia. La ignorancia genera impotencia, frustración y resentimiento.
Nunca alcanzarán las medidas represivas, ni las cárceles, ni los encierros
de la ciudadanía en guetos que también son atacados. La solución de fondo
va ligada con la buena educación, que es responsabilidad de los gobiernos
y de toda la sociedad. Es obligación del Estado que ningún niño deje de
asistir a la escuela, y si no concurre, es su deber ir a buscarlo donde se
refugie.

El libroconcluye con doce claves para el progreso. Forman un programa
sensato y plausible. Pero conviene no quedarse sólo con ellas, sino
enterarse de la información que las precede. Allí se encontrarán problemas
serios y ejemplares soluciones en varios países desarrollados y algunos de
América latina. Esas claves ayudarán a tomar conciencia de que la calidad
educativa no es un asunto aburrido ni marginal.

© LA NACION

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