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El lobby proisraelí, más allá de la controversia


Félix Bornstein analiza las tesis expuestas en el estudio de los profesores Stephen Walt (Universidad de Harvard) y John Mearsheimer (Universidad de Chicago), que ha levantado ampollas en la comunidad judía de los Estados Unidos. Según su informe de 83 páginas (de él se ha publicado también un amplio resumen en la "London Review of Books"), el "lobby" proisraelí que deambula por los pasillos de Washington es muy perjudicial para la política exterior norteamericana e incluso está comprometiendo gravemente, sin apenas contrapartidas, la seguridad interna del país. Bornstein considera que los argumentos de Walt y Mearsheimer son fácilmente reversibles y llegan en un momento muy delicado para Israel, en plena amenaza existencial por parte de Irán. Félix Bornstein es abogado. Nota: este artículo se escribió antes de la publicación del libro "El lobby israelí", un libro basado en el artículo que aquí se describe.


Walt y Mearsheimer se remontan hasta la época de la fundación de Israel como Estado, al que anatemizan como algo peor que el pecado original narrado en el Génesis, ya que no hay sacramento que le pueda redimir de su nacimiento deforme.

Pero su estudio no es un alegato académico o ideológico al uso, ya que su excursión historicista es el fundamento moral necesario para que los Estados Unidos puedan abandonar, con pleno descargo de conciencia, a un viejo socio que ya no le rinde ni siguiera beneficios prácticos. Después del fin de la "Guerra Fría", Israel ha pasado, dicen Walt y Mearsheimer, de ser al menos un amigo estratégico de los Estados Unidos para contener la expansión soviética a una rémora, poderosa y egoísta, que ha determinado la desastrosa intervención norteamericana en Iraq, ha atraído la ira de los musulmanes hacia los Estados Unidos y expuesto a este país a la amenaza creciente del terrorismo islámico.

La tesis de fondo de estos profesores, que sólo es nueva respecto al análisis específico de las circunstancias internacionales de hoy, ya que es toda una carga de profundidad con numerosos precedentes en los Estados Unidos durante los últimos 50 años, toca con crudeza el punto más sensible de la identidad judía en sus relaciones con el mundo exterior. Resucita, al menos en Occidente, el ya casi olvidado tópico de la doble lealtad de los judíos de la Diáspora, un supuesto doble juego en medio de intereses incompatibles que se resolvería siempre en contra de los estados de residencia de los judíos, ya que estos últimos siempre anteponen, en caso de conflicto, su lealtad transnacional hacia el grupo, la propia comunidad o, actualmente, el Estado de Israel.

Las críticas de los profesores Walt y Mearsheimer, por ello, disparan a discreción contra las organizaciones judías norteamericanas. Naturalmente, están en su derecho. Pero, en líneas generales, no estoy seguro del todo de que Walt y Mearsheimer merezcan las notas de sutileza y rigor que, en principio, se les supone a un decano de Harvard y a un compañero de aventuras intelectuales. A mi juicio, su enfoque adolece de falta de claridad distintiva entre lo que es el judaísmo, por un lado, y el sionismo, por otro, ya que ambos conceptos no siempre coinciden. Igualmente, tengo mis dudas sobre su apreciación de lo que significan los propios judíos norteamericanos en la reciente historia de su país. Mi visión es otra y va a continuación.

Los judíos norteamericanos e Israel: una relación compleja

En síntesis, hacia 1930 los judíos se diferenciaban por su pertenencia a cuatro grandes conjuntos. Estaban los judíos de Palestina –el "yishuv"-, un abigarrado movimiento nacionalista que tenía como objetivo final la fundación de un Estado propio en el territorio que entonces era un mandato de la Sociedad de Naciones administrado por Gran Bretaña. En el otro extremo ideológico se encontraban las ancestrales comunidades judías del sur del Mediterráneo, desde Marruecos a Turquía, ancladas prácticamente en la Edad Media. Y, entre ambos términos, otros dos grupos que se debatían entre la tradición y el olvido del pasado. Por una parte, los judíos centroeuropeos y rusos, todavía con fuertes reservas de identidad comunitaria, pero ya en fase de descomposición interna por sus continuos contactos con la cultura y economía modernas de los gentiles. Y, en cuarto y último lugar, los judíos que vivían en países occidentales, que se encontraban ya en una fase muy avanzada de asimilación a los valores dominantes en las sociedades que los habían acogido. Los judíos franceses, alemanes y, sobre todo, los que habían emigrado durante las décadas anteriores a los Estados Unidos pertenecían a este último grupo.

Esta situación cambió abruptamente con una serie de hechos concatenados que empezó con la toma del poder por los nazis en Alemania y prosiguió con la "Shoah" de las comunidades hebreas de Europa, la fundación de Israel y los comienzos de la "Guerra Fría". Los judíos supervivientes, cualquiera que fuera su adscripción particular en aquellos momentos, ya nunca volverían a ser los mismos. Aquí voy a referirme exclusivamente a los judíos norteamericanos.

La traumática liquidación de los judíos europeos y, acto seguido, su consecuencia más importante –la aprobación por la ONU, el 29 de noviembre de 1947, de la partición de Palestina en dos estados independientes- revelaron la existencia de grandes contradicciones dentro de los círculos judíos de Norteamérica. Por un lado, tal como sucedió en otras comunidades hebreas, el establecimiento de Israel frenó las aspiraciones mayoritarias entre sus miembros de asimilarse a la sociedad norteamericana. El doble proceso de destrucción judía acometido por los nazis y la creación, después de casi dos mil años de vida itinerante en la Diáspora, de un Estado judío independiente, propició el sentimiento de pertenencia de los judíos esparcidos por el mundo a una comunidad de destino, dirigida ahora por Israel. En Estados Unidos, esta reivindicación de orgullo identitario no provocó una "aliyah" (retorno) masivo a "Eretz Israel", pero desvió en buena medida el proceso hasta entonces natural de asimilación hacia otra aspiración colectiva bien diferente: el deseo de "integración" de los judíos en la sociedad norteamericana, sin perjuicio del pleno reconocimiento por parte de ésta de su identidad y sus valores específicos.

Washington no siempre apoyó a Israel

Sin embargo, el camino no era fácil. Excepto unos pocos consejeros de la Casa Blanca –David K. Niles y Clark Clifford, señaladamente- la totalidad de la Administración norteamericana (el Departamento de Estado, el Pentágono y la CIA) desaconsejaron al presidente Truman el voto favorable a Israel en la Asamblea de Naciones Unidas, primero, y después el reconocimiento del nuevo Estado cuando en mayo de 1948 los británicos abandonaron Palestina. Especialmente belicosos se mostraron los altos funcionarios del Departamento de Estado, ante el temor de enemistarse con cincuenta millones de árabes en un momento en que el petróleo comenzaba a convertirse en una energía insustituible e indispensable para las economías occidentales en reconstrucción después de la guerra, al mismo tiempo que la Unión Soviética buscaba su sitio en Oriente Próximo. Los norteamericanos no apostaban en absoluto por la supervivencia del recién nacido Estado de Israel, no estaban dispuestos a suministrarle armas y, muchos menos, a enviar tropas en su defensa. Y -¿por qué no decirlo?- gran parte de la población y de la Administración norteamericanas tenía sentimientos antisemitas. Al final, Harry Truman convenció a su Secretario de Estado, George Marshall, reconoció diplomáticamente a Israel, le entregó algo de dinero, pero, en el fondo, le abandonó a su suerte ante la acometida de los árabes, respaldados por Gran Bretaña. Si Israel sobrevivió fue por la confianza en sí mismo y por la ayuda de la Unión Soviética, explícita en el campo diplomático y oculta en su ayuda armamentística, que canalizó a través de Checoslovaquia hasta el comienzo de los años 50. Estados Unidos consideró, en esos momentos, que una ayuda activa a Israel suponía una política contraria a su seguridad y a sus intereses nacionales en Oriente Medio.

Mientras se desplegaba este nuevo mapa internacional, podemos preguntarnos qué pensaban y qué hacían los judíos norteamericanos. Para contestar a esta cuestión tenemos que hablar de pobres y ricos. Los primeros, sin mucho que perder, aunque muy generosos con sus aportaciones económicas al nuevo Estado, se adhirieron emocional y materialmente a la idea del sionismo instaurado por fin en "Eretz Israel". La "crème de la crème" judía en Norteamérica, por el contrario, no lo tenía tan claro. Mientras algunas organizaciones como "B´nai Brith" o el adinerado Instituto Sonnenborn, por ejemplo, protegieron a Israel, los dirigentes de la principal organización judía –el Consejo Americano del Judaísmo, abiertamente antisionista- no querían saber nada de un Estado judío independiente y apoyaban la fórmula de renovar el fideicomiso internacional sobre Palestina. El hoy rabiosamente sionista Comité Judío Americano guardó un sospechoso silencio durante demasiado tiempo.

La explicación de tanta ambigüedad y división interna es que la vida judía en los Estados Unidos era entonces muy compleja. En su libro "Making it" (1967), publicado en vísperas de la "Guerra de los Seis Días", Norman Podhoretz, director de la revista cultural judeo-americana de mayor prestigio ("Commentary") y actualmente uno de los padres intelectuales del movimiento "neocon" -objeto principal de las criticas del informe de Walt y Mearsheimer- apenas alude a Israel, a pesar de que el Estado hebreo ya había conquistado su independencia y ampliado sus límites territoriales en la guerra de 1947-1949, y derrotado contundentemente a Egipto en la campaña de Suez de 1956. Pese a ello, el mutismo de Podhoretz era una actitud generalizada en las élites de la economía, la cultura y la política judías de los Estados Unidos.

Shlomo Shafir ("Ambiguous Relations: The American Jewish Community and Germany since 1945") y otros autores como Raul Hilberg y Norman G. Finkelstein han demostrado convincentemente la auto-restricción judía durante la postguerra a la hora de pedir cuentas a Alemania por la "Shoah", en unas fechas en que el resurgimiento alemán de sus cenizas era la clave de bóveda de la estrategia norteamericana para contener el expansionismo soviético en Europa. Atacar a Alemania era tanto como revalidar las acusaciones tradicionales concernientes a la supuesta e incompatible "doble lealtad" de los judíos si, al mismo tiempo que reivindicaban su ciudadanía norteamericana, proclamaban los vínculos que les unían a su propia comunidad, representada en este caso por las víctimas de los nazis y la política beligerante del Estado de Israel hacia Alemania, joven o vieja. En la prensa, los principales exponentes de esta amalgama de tibieza y silencio fueron durante muchos años el "New York Yimes" y el "Washington Post", los dos grandes periódicos del país, ambos de influencia judía. Mucho más crítica con las responsabilidades de Alemania era la revista "Dissent", dirigida por Irving Howe.

Fue Israel quien cambió la política estadounidense

Todo cambió después de la fulminante victoria de Israel en la "Guerra de los Seis Días", en junio de 1967. De ser casi un paria internacional durante el doble mandato del presidente Eisenhower, Israel se convirtió en la pieza más importante de la partida de ajedrez que jugaba la política exterior norteamericana contra la U.R.S.S. en Oriente Medio, importancia que estaba ya completamente consolidada al finalizar los años 70, bajo el mandato del presidente Carter. En el imaginario norteamericano, Israel era el único socio internacional en el que se podía confiar plenamente y sus Fuerzas Armadas un modelo de disciplina, valor y talento estratégico, justo cuando los norteamericanos abandonaban con el rabo entre las piernas las junglas de Vietnam. Como dice el poco sospechoso Norman Finkelstein, "eran los israelíes, y no los estadounidenses, quienes combatían y morían para proteger los intereses de EE.UU.".

De la secuencia temporal anterior conviene retener un dato que contradice abiertamente las tesis de Walt y Mearsheimer: fue la actuación de Israel la que hizo variar el rumbo de la estrategia norteamericana en Oriente Medio y hacer conciliables sus intereses nacionales respectivos, y no las intrigas de un "lobby" proisraelí en Washington. Y, lo que debe resaltarse con el mayor relieve, fue a su vez y precisamente este viraje de la política exterior de Washington la que influyó sobre la sensibilidad y la conducta de los judíos norteamericanos hacia Israel, y no al revés. El sentido de estos cambios, para cualquier espectador atento a los problemas históricos de los judíos, no es demasiado difícil de entender. Pues todas estas circunstancias allanaban el camino hasta la plena "integración" de los judíos norteamericanos en la sociedad de su propio país, sin menoscabo de su relación emocional con el Estado de Israel (al que muchos judíos consideran, con razón o sin ella, el motor contemporáneo del judaísmo). La posición internacional y los intereses de las comunidades judías norteamericanas se subordinaron y acompasaron a las necesidades domésticas de su propia nación, los Estados Unidos. ¿Dónde está la conjura de las "dobles lealtades"? Los judíos norteamericanos cambiaron y explicitaron sus cambios precisamente "como consecuencia" del viraje de la estrategia y del nuevo ángulo de visión abierto por los Estados Unidos en sus relaciones con Israel. Algunas biografías políticas son muy oportunas a este respecto: Dean Rusk, el desagradable subsecretario adjunto del Departamento de Estado con Truman en 1949, de aguerrido opositor a la idea de un estado israelí todavía nonato e incluso portador de repetidos "tics" antisemitas, pasó a defenderlo cálidamente quince años después cuando, como Secretario de Estado de los presidentes Kennedy y Johnson, dirigió el servicio exterior norteamericano.

Las prevenciones de algunos hacia los judíos norteamericanos se basan en fundamentos falsos. La actual influencia judía en los Estados Unidos no se debe a ninguna alianza espuria con el sionismo en general o con Israel en particular. En los últimos treinta años, la eclosión de los judíos norteamericanos ha sido extraordinaria, pese a constituir apenas el 2% de la población. Según un estudio de 1995 de Seymour Martín Lipset y Earl Raab –"Jews and the New American Scene"-, la renta per cápita judía dobla la del promedio del país, el 40% de los Premios Nobel americanos son de origen judío, así como el 20% de los catedráticos de las principales universidades, mientras que en la abogacía esta participación llegaba al 40%...Esta progresión, fueran cuales fuesen sus causas, se ha trasladado naturalmente a la política y a la Administración, en la que hoy son frecuentes y relevantes muchos nombres judíos, como antes lo fueron y lo siguen siendo muchos apellidos irlandeses, sajones o escandinavos, sin que por eso tuvieran que rendir cuentas a nadie. Los judíos suelen ser competentes y buenos ciudadanos y la lucha por la preeminencia con otros grupos étnicos o culturales no debe enmascararse con tópicos del pasado.

El trauma del 11-S y la "derechización" de los judíos

Lógicamente, los nuevos vientos de prosperidad general han contribuido a escorar gradualmente a una parte considerable de los judíos norteamericanos, tradicionalmente liberales e izquierdistas, hacia posiciones políticas próximas al Partido Republicano, aunque su voto continúa siendo mayoritariamente demócrata. En 1997, por ejemplo, las elecciones municipales en Nueva York, la "ciudad judía" por excelencia, depararon un triunfo aplastante del republicano Rudolf Giulani, al que fue a parar el 75% del voto judío. Sorprendentemente, el derrotado candidato demócrata, Ruth Messinger, era no sólo demócrata sino además judío. Ahora bien, se comparta o no esta reorientación parcial de las lealtades políticas tradicionales de los judíos americanos, lo que resulta indiscutible es que se trata de un fenómeno doméstico que nada tiene que ver con supuestas dobles lealtades o con la dirección de la política exterior norteamericana. Entre otras cosas, porque el control judío sobre los sectores económicos que más están ganando con la actual política exterior del presidente Bush –las corporaciones petrolíferas y energéticas, la industria de armamento y las de tecnología militar- es sencillamente nulo. ¿O es que se quiere insinuar que los judíos norteamericanos le están haciendo el trabajo sucio a los sectores económicos de presión que pueden adulterar el verdadero interés de la nación? ¿O que se prestan a ser, "gratis et amore", la "tapadera quintacolumnista" de Israel en una supuesta alianza de este país con los corruptos magnates norteamericanos?

El 11-S fue, y lo sigue siendo, una fecha traumática en la conciencia norteamericana. La respuesta a esta agresión, fundamentalmente la intervención militar en Iraq, tuvo mucho de carácter mimético, parecía un calco a gran escala de las típicas respuestas unilaterales del Estado de Israel, un país que tiene como dogma de su política internacional desde su precario nacimiento la adopción de posturas independientes de fuerza explicables en gran medida por su aislamiento internacional, su ubicación geográfica, el cerco al que le han sometido sus vecinos árabes y la propia historia de los judíos en la Diáspora. Estados Unidos, muy influido por el grupo de los "neocon" (predominantemente judío), parecía hipnotizado por Israel y sus problemas, a pesar de la enorme diferencia de circunstancias entre ambos países. Sin embargo, es delirante explicar esta confluencia emocional y, sobre todo, la política "neocon" del "Gran Oriente Medio" y la intervención militar en Iraq, como un salvavidas norteamericano lanzado al cuello de un Israel implorante. Estados Unidos es un imperio que, aún simpatizando con Israel y haciéndose solidario con sus graves problemas de seguridad, tiene sus propios intereses estratégicos y de defensa, indeclinables ante cualquier otra potencia, los administren o no preferentemente judíos (que no es el caso) u otro grupo étnico norteamericano. Es sencillamente imposible, y además sería la ruina política y social de dicho grupo, que la política exterior de los Estados Unidos resulte condicionada en beneficio propio por un grupo étnico, religioso o cultural, y mucho menos por un estado extranjero, aunque sea tan amigo como lo es Israel.

La amenaza iraní y el futuro del estado judío

A los argumentos de Walt y Mearsheimer podemos darles la vuelta sin excesiva dificultad. Sólo Israel ha conseguido que la influencia norteamericana sea hoy determinante en Oriente Medio. Y lo ha realizado pagando un costoso tributo en vidas de sus soldados y ciudadanos y comprometiendo su economía, aunque Israel lo ha hecho, como es lógico, mirando preferentemente sus intereses. Egipto y Jordania no abandonaron la tutela soviética gracias a declamaciones académicas al estilo de Walt y Mearsheimer, que siempre las ha habido en los Estados Unidos, aunque fueran de signo contrario. Y la ruina moral y política de Siria no ha sido obra de un presidente norteamericano. Ahora Israel (y también algunos países que tanto le atacan) se enfrenta a las amenazas explícitas de Irán de borrar su existencia de un plumazo nuclear. Indudablemente, Israel podría devolver el golpe, pero sería un triunfo pírrico porque esta estrategia no garantiza su supervivencia. Irán, que ha dispersado y enterrado sus instalaciones nucleares, quiere romper a su favor el equilibrio militar en la zona, dificultando la ejecución de acciones preventivas que neutralicen el desarrollo de su programa atómico. Israel ocupa un territorio minúsculo densamente poblado que podría no resistir un golpe de estas características infligido por el lunático Ahmadineyah. Y en esta tesitura internacional aparece el informe de los profesores de Harvard y Chicago. Es una respetable contribución académica. Pero, realmente, ¿en qué diantres están pensando Walt y Mearsheimer?

INFOMEDIO agradece a Félix Bornstein por esta colaboración.

17/04/2008 • Opine ImprimirCrisis en Oriente Medio
Comentarios:
Comentario de: Fátima Aburto [Visitante]
Si el grupo de los neocon es predominantemente judio como se expresa en el artículo, y tambien se admite que "Sólo Israel ha conseguido que la influencia norteamericana sea hoy determinante en Oriente Medio", creo que es muy clato en lo que están pensando Walt y Mearsheiner. Concretamente, ¿porque demonios los judios norteamericanos nos están metiendo en errores de un calibre tan terrible para el mundo y para nosotros?
Permalink 20/04/2008 @ 17:46
Comentario de: observador [Visitante]
Estimada Sra Aburto, su comentario es bastante penoso. Cuando dice "¿porque demonios los judios norteamericanos nos están metiendo en errores de un calibre tan terrible para el mundo y para nosotros? ", está en realidad rozando la judeofobía... le explico porque: en primer lugar, los neo-con NO son un movimiento Judío. Habrá mas o menos, pero sin ninguna duda NO es un movimiento solo de judíos. Por otra parte le recuerdo que la mayoría de los Judíos en EEUU vota al partido demócrata. Ademas, culpar a todo "un Pueblo" de algo tan grave para todo el Planeta es una señal de alarma para mucha gente. Por lo tanto su razonamiento es no solo erroneo sino tambien ofensivo. Por cierto, que le parecería si alguien le dijera que "las personas de izquierda nos están metiendo en errores de consecuencias terribles para el mundo" cuando apoyan a regimenes autoritarios (y a veces totalitarios) por el hecho de ser de izquierdas ? Sería una generalización inadecuada ... No cree ? Pues usted ha hecho lo mismo, y la verdad, le resta bastante credibilidad.
Permalink 20/04/2008 @ 23:07
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